LA RADIO
DEL ENAMORADOR
Pleamar, la única manera de entendernos
La última vez que Eduardo escuchó la voz de
Néstor fue una noche en que el mar parecía hablar con quienes todavía
permanecían despiertos.
No sabía que sería la última.
Años después, cuando recordaba aquella voz
saliendo de los parlantes de la FM 2000, comprendía que algunas despedidas
ocurren mucho antes de que sepamos que lo son.
—Pleamar... la única manera de entendernos.
El programa de los enamorados.
Así comenzaba.
Después venía la música y Néstor se encargaba
de ponerle palabras al amor.
—Dicen que los ojos son las ventanas del alma
—decía—, pero cuando una mujer sonríe, hasta las ventanas parecen quedarse
chicas.
A veces improvisaba algún piropo:
—Si la belleza fuera pecado, usted, señora, no
tendría salvación.
Y otras veces recurría a los refranes:
—Al corazón no se le pueden poner cadenas.
Cuando se enamora, busca la llave aunque esté escondida en el fin del mundo.
Así era Néstor.
Era capaz de convertir una radio humilde en el
lugar más romántico de Quequén.
La FM 2000 estaba instalada sobre un médano
que él insistía en llamar el más alto de la playa. Nadie se había tomado
el trabajo de medirlo, pero llegar hasta allí era suficiente prueba.
La subida dejaba sin aire a cualquiera.
Los jóvenes llegaban resoplando. Los
mayorcitos hacían alguna parada intermedia y los que estaban pasados de peso
parecían escalar el Aconcagua.
Néstor los esperaba arriba, sonriente.
La radio era modesta. Muy modesta. Su horario
dependía, incluso, de la hora en que se despertara su dueño. Lo normal era
comenzar entre las ocho y las diez de la mañana, aunque alguna vez la
transmisión empezó cerca del mediodía.
El cierre estaba previsto para las diez de la
noche. Pero si aparecía algún amigo dispuesto a seguir pasando música, nadie
miraba el reloj. La radio podía continuar hasta altas horas de la madrugada.
Entonces aparecía el personaje:
El Pirata Renegado de la Madrugada.
Y la 2000 seguía navegando.
Su lugar en el dial era casi al fondo:
107.9.
Pero lo más extraordinario estaba dentro.
El estudio apenas medía dos metros por un
metro sesenta. Las paredes y el techo estaban revestidos de madera de pino y
aislados con telgopor. Dos personas podían sentarse, aunque bastante apretadas,
en unas duras butacas de metal.
Era como estar dentro de una lata de sardinas.
Si uno fumaba, fumaban los dos.
Al poco rato una nube de humo impedía verse
las caras.
Y si a alguno se le escapaba una flatulencia,
bueno... aquello ya no era un problema de radio: era una emergencia.
Cuando llegaba un tercero tenía que quedarse
parado en la puerta, porque sencillamente no había lugar.
Aunque alguna vez entraron tres y cerraron la
puerta. La mujer quedó sentada en el medio, sobre los otros dos.
El amor, al parecer, necesitaba poco espacio.
Pero el corazón de aquella radio era mucho más
grande que su estudio.
Desde una ventana acústica de doble vidrio se
veía el mar. Néstor controlaba el paso de los barcos, contaba los naufragios y
observaba los días en que la draga Perestroisky profundizaba el canal de
acceso.
Sabía cómo estaba el mar.
Para conocer la dirección del viento miraba
los árboles.
Y con sus prismáticos reconocía personas,
bicicletas y vehículos que pasaban por la calle. Hasta podía distinguir las
patentes.
La radio era pequeña.
La mirada de Néstor llegaba mucho más lejos.
Eduardo conocía muy bien aquel mundo.
Orillaba los cuarenta y cinco años y la sal
del tiempo comenzaba a marcarle el rostro, aunque se mantenía en buen estado
físico gracias a la bicicleta y a sus trotes diarios por la playa.
Vivía cerca de Monte Pasubio, a una manzana
del antiguo Hotel Pinocho.
Su casa se llamaba La Majestad.
Era un chalé blanco, cuidado con esmero, de
ventanas y persianas grises. Tenía un porche, un jardín espléndido, un gran
pino, una pared cubierta de hiedra y un bebedero para pájaros rodeado de
petunias.
Eduardo era escritor.
Publicaba artículos de reflexión y comentarios
de actualidad en diarios y revistas. Le pagaban cuando podían, unos pesos por
aquí, otros por allá.
También era el locutor de Pleamar.
Lo hacía por amor al arte.
Modulaba la voz, leía poemas y, algunas veces,
hasta creía que los estaba declamando.
Entre Eduardo y Néstor había nacido una
amistad de esas que no necesitan demasiadas explicaciones.
Néstor tenía una filosofía particular de la
vida:
—La familia no se puede elegir. Pero hay tres
cosas que sí: el lugar donde vivir, los amigos y las amantes.
Y se había tomado muy en serio la tercera.
Era un romántico incurable.
Un Don Juan sin descanso.
Un Casanova de barrio.
Se perdía en la nebulosa del amor y, cuando
eso ocurría, se olvidaba del resto.
Del dinero.
De las cuentas.
Del sueño.
De la prudencia.
Y hasta del peligro.
Los problemas aparecían uno detrás de otro:
celos, maridos abandonados, amenazas de muerte, algún disparo dirigido contra
él, mujeres que lo perseguían y otras que aseguraban que era el padre de sus
hijos.
También estaban los cobradores, que parecían
multiplicarse.
Por eso, más de una vez, Néstor tuvo que
esconderse.
Eduardo lo ocultaba en su vehículo y, en
alguna ocasión, hasta le pagaba las facturas de luz y teléfono. A veces los
servicios estaban cortados y había que hacer malabares para volver a
conectarlos.
Pero Néstor no parecía aprender.
O quizás aprendía otra cosa.
Aprendía a vivir.
Una de las últimas veces que hablaron, Eduardo
decidió enfrentarlo.
Néstor se había enamorado de una muchacha muy
joven y llevaba una vida llena de privaciones. No tenía dinero, dormía mal y
vivía pendiente de una historia que parecía no tener futuro.
—¿Vos creés que vale la pena lo que estás
haciendo? —preguntó Eduardo.
Néstor respondió sin vacilar:
—Por supuesto que sí. ¿Cuándo voy a tener otra
jovencita enamorada así?
Eduardo lo miró preocupado.
—Al paso que vas, no sé si vas a tener otra
oportunidad. Estás deteriorando tu salud.
Era cierto.
Pero Néstor todavía tenía argumentos.
—Recapacitá, hombre. ¿Quién te dijo que no vas
a tener más oportunidades? Podrías irte a Miami. Hay mujeres con mucho dinero.
Podés locucionar en cualquier radio.
Néstor sonrió.
—No vengas con promesas incumplibles. Vos
seguí escribiendo sobre lo platónico, que yo vivo lo real.
—¿Y por qué me ofendés? Sabés que lo mío
también es real. Hay gente que necesita tanto del escritor como del locutor.
Néstor hizo un gesto con la mano.
—No te ofendo. Yo vivo el presente. ¿Para qué
quiero vivir el futuro? Hoy es hoy... y mañana, quién sabe si estamos.
Eduardo insistió:
—Pero el locutor va a estar siempre.
Néstor lo miró.
—En Quequén o en Miami.
Los dos quedaron en silencio.
Después Eduardo sonrió.
—Sé feliz, Néstor. Sé feliz. Con poco también
se puede.
Ninguno de los dos sabía que aquella
conversación quedaría para siempre.
La vida siguió.
El mar siguió golpeando la costa.
La antena torcida de la 2000 siguió desafiando
al viento.
Y durante un tiempo Pleamar continuó
diciendo al aire que era la única manera de entenderse.
Hasta que una mañana llegó la noticia.
Néstor había muerto.
Eduardo quedó en silencio.
De pronto regresaron todas las imágenes.
El pequeño estudio.
El humo.
Las butacas.
El médano.
La antena.
La ventana frente al mar.
Los barcos.
La draga.
Las noches interminables.
El Pirata Renegado de la Madrugada.
Los piropos.
Las canciones.
Y aquella voz.
Aquella voz que parecía no aceptar que algún
día también podía apagarse.
Entonces recordó sus últimas palabras:
Hoy es hoy... y mañana, quién sabe si estamos.
Néstor había tenido razón.
Eduardo comprendió entonces que hay personas
que se van, pero dejan encendida una luz en algún rincón de nuestra memoria.
Los amigos verdaderos quedan en una canción,
en una calle, en una ventana frente al mar, en una frase que vuelve muchos años
después.
Y también quedan en una voz.
Una voz que alguna vez, desde una pequeña
radio perdida en un médano de Quequén, les decía a los enamorados:
—Pleamar... la única manera de entendernos.
Eduardo cerró los ojos.
Afuera, el mar continuaba golpeando lentamente
contra la costa.
Por un instante creyó escuchar aquella voz
otra vez.
No era posible.
La radio estaba apagada.
Néstor ya no estaba.
Pero entonces comprendió que quizás el amor y
la amistad tenían algo en común:
ninguno de los dos sabe obedecer a la muerte.
Néstor se había ido.
Pero Pleamar no.
Porque mientras alguien recuerde su voz,
mientras alguien vuelva a contar su historia, mientras un amigo pueda
pronunciar su nombre sin olvidarlo...
Néstor seguirá estando al aire.
Y quizás esa sea la única manera que tenemos
de vencer, aunque sea por un instante, a la muerte:
hacer que alguien permanezca en nuestra
memoria.
Porque los amigos verdaderos no se olvidan
nunca.
Nunca.
Mientras estemos vivos.