lunes, 29 de mayo de 2017
domingo, 28 de mayo de 2017
REFLEXIONES SOBRE LOS ENEMIGOS
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| REFLEXIONES SOBRE LOS ENEMIGOS |
Es inevitable tener enemigos al hacer los sábados el programa Reflexiones en la radio con el Comandante. Sin desearlo y a veces sin saber quienes son, vas haciéndolos, porque la vida significa tomar opciones. Pero el enemigo es útil.
En fin la vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más. A recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta, adiestrado, listo para combatir.
El mundo se divide entre sacerdotes y luchadores: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí siempre me gusta pelearla.
sábado, 27 de mayo de 2017
DEMASIADA IRA CON LA POESIA EN QUEQUEN
Los destructores de siempre
Me fui a caminar por la playa de Quequén con el rostro serio, cansado y con ganas de cansarme todavía más. A veces uno necesita caminar hasta que los pensamientos se quedan sin piernas.
Llevaba mucha bronca acumulada.
Primero fueron las ratas de poca monta que apedrearon el monumento a Baco. ¡Baco! El dios del vino. Un acto que, por supuesto, provocó el repudio inmediato de todos los bebedores de vino, aunque algunos todavía no se hayan enterado.
Les aplicaría el Código de Hammurabi y la ley del Talión.
O quizá algo peor: los obligaría a leer poesía.
Por suerte había un poco de sol y yo transpiraba como si el cielo quisiera apagarme la furia a baldazos.
Pero aquello no fue todo.
Después aparecieron las manos anónimas.
Manos que no sabemos de quién son. Manos que destruyen sin dar la cara. Manos que, según se comenta, podrían haber actuado por encargo de algún cogotudo que se cree perteneciente a una aristocracia de cartón pintado.
Y entonces rompieron las placas poéticas frente al mar.
Las hicieron añicos.
Felicidad Batista.
Silvia Savall.
Félix Loiácono.
Tina Ferré.
Damián Andreñuk.
Poemas que estaban allí para ser leídos por cualquiera que caminara frente al mar. Poemas que no molestaban a nadie. Poemas que solamente pretendían acompañar al paisaje.
Y alguien decidió destruirlos.
¡Qué clase de cabeza puede considerar peligrosa una poesía?
Mis párpados estaban recelosos y mis ojos adquirieron una torva mirada capaz, en aquel momento, de asustar hasta al viento.
Era la ira.
Una ira literaria, exagerada, desmesurada, casi mitológica.
En aquella hipérbole enfurecida ya no me asustaban ni la muerte ni los muertos. Si las cosas se ponían feas, me sobraba valor para enfrentar hasta a la mismísima muerte.
Cuando me lo propongo, Dios llora.
Y Satanás me da palmadas en la espalda.
Pero después pensé que quizá no valía la pena.
Podía ejercer la misericordia.
Podía mirar hacia otro lado y no prestar atención a esos personajes que pasan por la vida preocupados por acumular, robar, mandar y morir ricos, muchas veces sin haber tenido tiempo de disfrutar aquello que acumularon.
Algunos nacen ricos y viven como emperadores romanos.
Otros se pasan la vida tratando de parecerlo.
Y yo seguía caminando.
El mar estaba ahí, indiferente a mis pensamientos. Las olas iban y venían como si nada hubiera ocurrido.
Entonces apareció un cangrejo.
Lo pisé.
¡Crac!
El pobre animal hizo un ruido seco bajo mi hawaiana.
Por un instante imaginé que era uno de aquellos que habían apedreado a Baco.
O uno de los que habían ordenado destruir las placas.
Me agradó escuchar aquel crujido.
Después me sentí un poco ridículo.
Era solamente un cangrejo.
Seguí caminando con un pedacito de cartílago pegado a la hawaiana y una sonrisa que empezaba a regresar.
Quizá la poesía tenga eso.
Uno puede destruir una placa.
Puede romper una piedra.
Puede arrancar una inscripción.
Pero hay algo que los destructores de siempre todavía no entendieron:
la poesía no se rompe a martillazos.
La poesía queda.
Queda en la memoria.
Queda en el mar.
Queda en quien la leyó.
Y, sobre todo, queda en aquel que alguna vez decidió defenderla.
Yo seguí caminando.
Ya no estaba tan furioso.
Bueno...
lunes, 22 de mayo de 2017
CRITICA A CAMINO A LAS VEGAS
LA POBREZA COMO EJEMPLO POLITICO
La pobreza como ejemplo político
Cuando un político convierte la pobreza en una virtud que debe ser imitada, puede terminar transmitiendo un mensaje peligroso: que ser pobre no es una situación que la sociedad debería tratar de superar, sino una condición de la que incluso habría que sentirse orgulloso.
Una cosa es vivir con austeridad, no ostentar riquezas y administrar con responsabilidad los recursos públicos. Eso puede ser perfectamente defendible. Otra muy diferente es hacer de la pobreza una bandera política y presentarla como un modelo moral superior.
Porque cuando desde el poder se repite una y otra vez que “hay que acostumbrarse a vivir con menos”, “la pobreza es digna” o que aspirar a una vida mejor equivale a perseguir el materialismo, se corre el riesgo de instalar una idea extraña: que progresar, tener una buena casa, acceder a mejores servicios, viajar, educarse o disfrutar de cierto bienestar son aspiraciones casi vergonzosas.
Y ahí aparece la contradicción.
La política debería combatir la pobreza, no convertirla en una identidad colectiva.
Un país puede admirar la humildad de sus gobernantes, pero no debería admirar la pobreza de su pueblo. El objetivo de una sociedad no tendría que ser que todos sean igualmente pobres, sino que todos tengan la posibilidad de vivir dignamente y progresar mediante su trabajo, su educación y sus oportunidades.
Porque también existe un peligro en el otro extremo: cuando una población comienza a sentirse orgullosa de su pobreza, puede terminar confundiendo la resignación con dignidad. Y una sociedad resignada puede dejar de exigir aquello que legítimamente le corresponde.
El orgullo puede ser una fuerza extraordinaria cuando impulsa a una persona a superarse. Pero puede convertirse en una trampa cuando la convence de que no necesita aquello que en realidad merece.
Por eso, quizá el verdadero desafío de un político no sea enseñarle al pueblo a vivir con menos, sino crear las condiciones para que el pueblo pueda vivir mejor.
La austeridad del gobernante puede ser un ejemplo.




































