sábado, 27 de mayo de 2017

Demasiada ira con la poesía en Quequén.

   Me fui a caminar por la playa de Quequén con el rostro serio, cansado y con ganas de cansarme aún más tratando de quitar con ello tanta aspereza.
 Mucha bronca acumulada por las ratas de poca monta que apedrearon al monumento a Baco. Por supuesto un gran repudio de todos los bebedores de vino. 
Les aplicaría el código de Hammurabi y la ley del Talión. 
Afortunadamente hay un poco de sol, y sudo excesivamente.
 Es esta ira...    
Pero aquello no fue todo, manos anónimas pagadas por algún cogotudo que se cree pertenecer a la aristocracia destruyeron las placas poéticas frente al mar. Quedaron hecha añicos las poesías de Felicidad Batista, Silvia Savall, Félix Loiácono, Tina Ferre y Damián Andreñuk, un dolor inmenso para la poesía.
Mis párpados están recelosos incitando que imponga una torva mirada que asusta al viento.   Ya no me asusta la muerte ni los muertos; y en caso de que las cosas se pongan mal me sobra valor para lanzarme a la yugular de la muerte. Cuando me lo propongo, Dios llora. Y Satanás me da palmadas en la espalda.   
 Aunque si me diera la gana podría ejercer la misericordia y no mirar a los políticos y jueces  como los plumíferos de vuelo bajo que son; esas vidas preocupadas y agobiadas por robar e intentar morir rico; en muchos casos sin disfrutar lo robado. En algunos casos; otros tarados nacen ricos y disfrutan su sarnosa vida como los emperadores romanos: sodomización tras sodomización.     
Marcho con el rostro un poco más alegre, le he pisado la cabeza a un cangrejo y a crujido, pensando que era uno de los que apedreó al Baco o los que mandaron a romper las placas, me agradó oír ese sonido, aún arrastro un trozo de cartílago en la hawaiana. No importa, he decidido no ser considerado con ellos.  

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