Los destructores de siempre
Me fui a caminar por la playa de Quequén con el rostro serio, cansado y con ganas de cansarme todavía más. A veces uno necesita caminar hasta que los pensamientos se quedan sin piernas.
Llevaba mucha bronca acumulada.
Primero fueron las ratas de poca monta que apedrearon el monumento a Baco. ¡Baco! El dios del vino. Un acto que, por supuesto, provocó el repudio inmediato de todos los bebedores de vino, aunque algunos todavía no se hayan enterado.
Les aplicaría el Código de Hammurabi y la ley del Talión.
O quizá algo peor: los obligaría a leer poesía.
Por suerte había un poco de sol y yo transpiraba como si el cielo quisiera apagarme la furia a baldazos.
Pero aquello no fue todo.
Después aparecieron las manos anónimas.
Manos que no sabemos de quién son. Manos que destruyen sin dar la cara. Manos que, según se comenta, podrían haber actuado por encargo de algún cogotudo que se cree perteneciente a una aristocracia de cartón pintado.
Y entonces rompieron las placas poéticas frente al mar.
Las hicieron añicos.
Felicidad Batista.
Silvia Savall.
Félix Loiácono.
Tina Ferré.
Damián Andreñuk.
Poemas que estaban allí para ser leídos por cualquiera que caminara frente al mar. Poemas que no molestaban a nadie. Poemas que solamente pretendían acompañar al paisaje.
Y alguien decidió destruirlos.
¡Qué clase de cabeza puede considerar peligrosa una poesía?
Mis párpados estaban recelosos y mis ojos adquirieron una torva mirada capaz, en aquel momento, de asustar hasta al viento.
Era la ira.
Una ira literaria, exagerada, desmesurada, casi mitológica.
En aquella hipérbole enfurecida ya no me asustaban ni la muerte ni los muertos. Si las cosas se ponían feas, me sobraba valor para enfrentar hasta a la mismísima muerte.
Cuando me lo propongo, Dios llora.
Y Satanás me da palmadas en la espalda.
Pero después pensé que quizá no valía la pena.
Podía ejercer la misericordia.
Podía mirar hacia otro lado y no prestar atención a esos personajes que pasan por la vida preocupados por acumular, robar, mandar y morir ricos, muchas veces sin haber tenido tiempo de disfrutar aquello que acumularon.
Algunos nacen ricos y viven como emperadores romanos.
Otros se pasan la vida tratando de parecerlo.
Y yo seguía caminando.
El mar estaba ahí, indiferente a mis pensamientos. Las olas iban y venían como si nada hubiera ocurrido.
Entonces apareció un cangrejo.
Lo pisé.
¡Crac!
El pobre animal hizo un ruido seco bajo mi hawaiana.
Por un instante imaginé que era uno de aquellos que habían apedreado a Baco.
O uno de los que habían ordenado destruir las placas.
Me agradó escuchar aquel crujido.
Después me sentí un poco ridículo.
Era solamente un cangrejo.
Seguí caminando con un pedacito de cartílago pegado a la hawaiana y una sonrisa que empezaba a regresar.
Quizá la poesía tenga eso.
Uno puede destruir una placa.
Puede romper una piedra.
Puede arrancar una inscripción.
Pero hay algo que los destructores de siempre todavía no entendieron:
la poesía no se rompe a martillazos.
La poesía queda.
Queda en la memoria.
Queda en el mar.
Queda en quien la leyó.
Y, sobre todo, queda en aquel que alguna vez decidió defenderla.
Yo seguí caminando.
Ya no estaba tan furioso.
Bueno...

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