viernes, 2 de junio de 2017

AQUELLA MAÑANA

CAPITULO PRIMERO

     
       Todo comenzaba aquella primaveral mañana del jueves dieciséis de octubre de mil nueve setenta y tres. Grabado estaba en su oído el despertar a media mañana ante el ruidoso piar de los pichones de gorriones que poblaban el pasillo de su casa y los escasos árboles de la zona
       El Centro Cultural y Recreativo Amor y Lucha. Montoneros, ERP, vuelta a la democracia, Campora al gobierno Perón al poder, renuncia del tío Campora, Lastiri el hombre de las mil corbatas presidente, muerte de Rucci y su paraguas, vuelta de Perón, los zurdos con el pepe Firmenich a la cabeza y su patria socialista, los nazionalistas con la  triple “A” del brujo López Rega y la patria peronista, muerte de Perón, asunción de Isabel. Golpe militar de las fuerzas armadas con Videla y allegados civiles a la cabeza. Atentados, ajusticiamientos, torturas y luego como broche de oro la decisión final “los desaparecidos”... Una época como escucharía a lo largo de su vida, muy convulsionada social y políticamente en que la mayoría de las veces sólo se escuchaba un idioma, la crueldad y el estruendo de las armas de fuego.

     Casa de material construida, sin crédito bancario, sólo con el esfuerzo de sus padres a principio de los años sesenta. Barrio de Gerli Lanús.
     El sol penetraba abriéndose paso por las rendijas que dejaba entrever la persiana de su húmeda habitación y en su cabeza resonó el cercano y molesto sonido de un despertador, allí estaba sobre la mesita de luz, miró el reloj, ¡eran las siete y cuarto de la mañana! hizo caso omiso. De un fuerte golpe bajo la perilla y lo enmudeció, satisfecho dio media vuelta hacia el lado de la pared pintada en un opaco amarillo limón, duro poco su alegría, a los dos segundos escuchó la suave, decidida y atenta voz de su madre, decirle:
     -  Vamos, hijo es la hora... levántate.
    Cerró más fuerte sus párpados, simulando estar dormido, no le respondió. Pero esa mujer, descendiente de italianos era insistente así que parada a su lado dijo otro:
     - Vamos, vamos... hijo ¡arriba! Que es la hora...
    No pudiendo dejar de responderle, si moverse, ni abrir los ojos, le respondió:
   -  ¿Hora de qué? Hora de seguir durmiendo mami...
   -   Hora de levantarse...
    -   Me rijo por mis propios horarios. Quiero seguir durmiendo...no molestes mosquito...
   -   Estás grande, así que arriba. No se hable más... No me hagas enojar. Mira que si no viene tu padre a despertarte.
-          Qué sí, uf, ya me levanto...
     Lo pensó y decidió que era mejor moverse rápido, apoyo sus pies en ese piso de parquet, antes de que su madre llamara a la armada de Branca Leone y empezar a discutir temprano con el cascarrabias de su padre. Recordaba las épocas en que éste venía a levantar a su hermano que trabajaba junto a su padre en la feria, la consigna era: levántate Antonio, la respuesta ya voy; y así sucesivamente, empezaban a las seis y treinta y culminaban con insultos a la ocho y Antonio seguía durmiendo. Con el tiempo su hermano consiguió trabajo en la empresa eléctrica y jamás quiso que lo despertara su padre, con un despertador le alcanzaba.
       Ese día comenzaban nuevos aires en su vida. Hacía tres años había comprado un taxímetro pintado de negro y amarillo trabajándolo en distintos e irregulares horarios en las calles de la ciudad de Buenos Aires.
      Gracias a la eterna preocupación de un tío sacerdote, “el padre Juan”, hermano de su madre, y a la tenaz insistencia de ella, a los veinticinco años habían logrado que lo citaran para ingresar a trabajar en la empresa de energía eléctrica. Tradición familiar mediante indicaba que todos los varones debían continuar su vida trabajando “allí dentro”. Dos de sus tíos no habían querido ingresar eran los malos ejemplos de la familia, siempre criticados y expuestos de esa forma en las cada día más escasas reuniones y por culpa de eso, sus descendientes no podían estudiar y no tenían un buen pasar.

     A medida que transcurría el día, era muy tranquilo pero testarudo, les daba la razón a los demás pero siempre hacía lo que quería y si no podía, se volvía un poco discutidor. Las discusiones constituían una tradición paternal. Su padre, un hijo de italianos de orígenes muy humildes, había sido un resentido inconformista visceral, seguramente en parte influenciado por los anarquistas italianos y españoles, siempre en desacuerdo con el gobierno, la iglesia, militares, con los médicos o cualquier otra autoridad que consideraba establecida. Sólo respetaba a los compañeros del Sindicato de luz y Fuerza y al General Perón o en el tango a Gardel y Darienzo,  su parte fascista brotaba en el tango con un odio constante diciendo que ni le hablaran del gordo Troilo, de Canaro (del que siempre anunció que compraba todos los temas y lo firmaba como de su autoría), Astor Piázola o Mariano Mores.
    Durante la semana anterior dudoso de ir le preguntaba y repreguntaba a la madre:
    - ¿No estoy muy seguro de por qué debo ingresar? Allí dentro perderé lo único que tengo, mi libertad...
   La replica era terminante y siempre la misma.

-          Qué libertad, ni ocho cuartos... ¡La libertad es que debes ir porqué es un trabajo seguro!
     -   Si pague hasta la última cuota del Taxi, es completamente mío y trabajar en él también es seguro.
     -   No tanto Carlitos, pues si tenes un accidente o te lo roban no trabajas por un tiempo. Además, desde tu bisabuelo que vino de Italia se respeta la tradición. Ahí si te enfermas te curan e igual cobras salario y tendrás vacaciones, consumo de luz y servicio medico “gratis”. Podes estudiar para progresar, ascender y ahorrar dinero. Además, el Sindicato de Luz y Fuerza tiene de todo, hoteles, campo de recreos, supermercados, teatro, etc, etc. Algún día encontraras una mujer que quieras y te quiera y te casaras... y tendrás hijos…así que no se hable más... levántate de una buena vez. Vamos a tomar unos ricos mates y te vas...
   De nuevo ocurrió: ¡Ya le había programado la vida! Aunque quería seguir discutiendo sabia que era hablar para oídos sordos. Podrían ser horas y horas que su madre, una mujer de herméticas costumbres católicas, no entraría en razones. Igualmente en su mente había cierta dosis de comodidad, sino tendría que comprarse un departamento e irse a vivir sólo, así que optó por hacerse el distraído era lo mejor para pasarla bien, con pocas responsabilidades.
     Con ambas manos formando una cuchara se echaba varias veces agua muy fría para despertarse por completo. Luego, tomaba esos mates que no alimentaban pero le hacían doler las tripas y regulaban su presencia con una leída rápida de una revista en el baño.
    Ducha por la mañana, ni hablar, una afeitada expeditiva con la máquina eléctrica, un débil cepillado de dientes; luego vestirse rápido y sencillo con jeans, remera y mocasines negros.
   -  ¿Queres qué te acompañe? le preguntó su padre acercándose a la cocina.
   -  No. – respondio riéndose y sorprendido por la extraña amabilidad de querer acompañarlo.
   Su hermana una inocente adolescente de trece años para la que todo era color de rosa, desde su habitación le pidió que le trajera algún regalo de la capital.
  El la mando a freír churros...
    Antes de buscar el auto del garaje, cruzó el jardín de su madre donde las rosas lucían a pleno, demostrando estar en primavera, estación de la flor. A eso de las ocho dirigió su taxímetro bicolor hacia la sede central de la Compañía Italo Argentina de Electricidad. Cruzó el puente Gerli y mientras manejaba eludiendo baches por los lustrosos adoquines rojos de la avenida Pavón se interrogaba: ¿por qué no podía ser un empresario independiente? ¡Tener un negocio propio!¡si era una persona de gran creatividad!. Pero se imaginaba la respuesta--. ¡Porque no tienes capital, ni créditos bancarios y tampoco terminaste tus estudios en la universidad!

      Cruzar el riachuelo sobre el nuevo puente Pueyrredón con su niebla matutina desprendiendo el nauseabundo y ancestral olor, era penetrar en la Capital Federal, la ciudad de los porteños, los reyes del tango y de la nostalgia. Tomó la avenida Montes de Oca y a las ocho y veinte estacionaba en las playas de la avenida “mas ancha del mundo”, la nueve de Julio, una rápida caminata para llegar a San José y Alsina, que estaba a la misma distancia del Congreso y la plaza de Mayo, corazón mismo de la ciudad de Buenos Aires, frente a sus ojos se presentaba un imponente edificio de principios de siglo.
     La hora de la cita ocho y treinta. Entró resignado como las vacas entraban al matadero. No sabía que habría enfrente pero estaba disconforme. ¡Eso de hacer cambios en la vida! Sexto piso, oficina seis cientos tres. Ruidos de viejos ascensores y puertas que ocultaban dependencias, mientras sentía sus pasos con esos lustrosos mocasines negros retumbaban en los pisos, hasta que una hermosa secretaria de ojos verdes saltones, lo recibió sonriéndole amablemente y el animo le cambio por completo; lo hizo pasar a un salón donde iban reuniéndose unas veinte personas que correrían la misma suerte que él, ingresar a dicha empresa, “la empresa”.
    Allí apoltronado en una silla de cuero alrededor de una mesa cuya cabecera ocupaba la bella secretaria de Relaciones Publicas, quien se sentó y cruzando sus piernas tal cual una maestra a sus alumnos comenzó su alocución explicando la posibilidad de progreso que había allí dentro y por si fuera poco sus mejores comentarios en que todos abrieron los ojos fue cuando dijo, levantando el tono de voz para que todos la escuchen bien:
   El dinero se lo llevaran en carretillas a sus casas.
    La sonrisa de felicidad que arrancó a todos los futuros trabajadores fue de oreja a oreja. Se había hablado de lo principal, el dinero, que hacía la felicidad, así que desde ese momento se acabaron las preguntas. Solo restaba esperar el destino que le indicaran.
   Nombró a diecisiete personas, entre las que él no se encontraba. Todos ustedes deberán presentarse en al Usina Nuevo Puerto, ubicada frente al Río de la Plata en costanera norte. Todos contentos se levantaron y retiraron a su destino de inmediato. 
  Quedaban tres: el negro Liste, el tano Batrano y él. Se miraron como presintiendo un castigo, seguro iré a la cuadrilla de calle, con pico y pala y en el medio del sol de verano cavaré zanjas y en invierno moriré de frio, se dijo. Pero si llegaba a ocurrir eso ni perdería tiempo, ya lo tenía decidido daría media vuelta y  seguiría manejando el taxi.
   Ustedes irán a la Boca. A la Usina de la Boca, se llama Pedro De Mendoza, queda en la Avenida  del mismo nombre, frente al Aliscafo. Firmaron unos papeles, les entregaron otros y partieron. El negro Liste, dijo conocer el lugar y que lo mejor era tomar un taxi. A lo qué él respondió sus deseo es realidad pues iremos en mi taxi. Rieron los tres y dirigieron el timón a la Boca.
   Antes de llegar el negro, típico ventajero y experimentado en esta lid aportó una idea, mirándolos picaramente dijo:
   -  Ya que él “compañero” tiene el automóvil podíamos irnos a recrear la vista por la Costanera Sur, pues si llegamos ahora – ahí miró su reloj- las nueve y media de la mañana nos harían trabajar. Sería conveniente llegar después de las doce.
    -  Buena idea. – Aprobó Carlos, pero también dudó - ¿Y si, saben la hora en que nos retiramos de San  José? ¿Qué les decimos?
    -  Nadie nos conoce, así que el taxi lo estacionas a una prudencial distancia y si preguntan decimos que nos perdimos, total todos somos de la provincia de Buenos Aires y no conocemos bien la Capital...tomamos un colectivo equivocado...
    Fue turístico e instructivo pues conoció el monumento a Lola Mora y la Ciudad Deportiva de Boca Juniors. Estuvieron largo rato, sentados en la muralla que se extendía por cientos de metros frente a ese majestuoso y marrón Río de la Plata. El negro Liste, mentiroso y delirante, señalaba con su mano, que allí enfrente de sus ojos los días de buena visibilidad se veía la ciudad de Colonia y también la de Montevideo. Tanto el negro como el tano eran casados y con hijos.
   Llegado un punto, el negro decidió que era la hora de ir hasta la Usina...estacionaban tal cual lo planificado y a paso lento hicieron esa larga cuadra. Ese edificio era una replica de un imponente castillo florentino lombardo italiano. Pequeños ladrillos colorados a la vista. Hierro forjado. Escaleras de mármol carrara. Arqueadas, balcones, chimeneas, paredes de ochenta centímetro de ancho, una calle totalmente empedrada.   
  El portero, un moreno de nacionalidad italiana de apellido Bonafini, apodado el “muñeco maldito”, frenándolos, se puso rígido y les dijo ustedes esperen aquí. Fue hasta una cabina blindada por una vieja puerta de madera y vidrio, y tomando un negro teléfono y se comunicó con algún jefe, pues al no haber cerrado la puerta, se le escuchó decir a intervalos: Aquí están los nuevos. Si señor, no señor, si señor, entonces le digo a Converti que los acompañe. Cortó el teléfono y acercándose a ellos pasándole el brazo por el hombro en tono paternalista a Batrano, les acotó: Vengan “compañeros” que les indicaré donde deben ir, ven esa puerta doble de metal, el compañero que los guiara hasta el jefe de la Usina está allí dentro, pregunten por Atilio.
  Caminaron unos pasos y con la puerta semiabierta encontraron al tal Atilio Converti, un muchacho delgado que casi ni los miraba y le decía síganme “compañeros”. Era una larga calle interna adoquinada la que debieron sortear. Subieron una escalera hasta un balcón, fue cuando les dijo: -aguarden aquí "compañeros"   – y entró. Desde arriba vio como un trabajador barría detalladamente la calle de adoquines lo que le hacía recordar al servicio militar cumplido en el regimiento siete de infantería de la Plata.
 En unos segundos el tal Converti los hizo entrar a una oficina de techos muy altos, piso de parquet bien lustrado, inmensas ventanas de vidrios partidos, paredes pintadas en color beige, un amplio escritorio, un señor canoso de unos cincuenta años que parecía el jefe de usina y era el jefe de usina, les dijo:

 “Ustedes van a escuchar a diario que esta Central Eléctrica se cierra, pero no le hagan oídos sordos”. – primeras palabras luego de darles la mano.
CONTINUARA

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